CAPITAL FEDERAL, Enero 22.-(Por Mario Wainfeld) Las vacaciones y la licencia presidencial, que ya termina. Algunas buenas nuevas económicas. Las paritarias, un desafío repetido con novedades. Los números en danza. Las lecturas del Gobierno y de los gremios. El peso del 54 por ciento y su eventual uso. Digresiones sobre acelerador y freno.
Durante las vacaciones se corroboran varios motivos de la popularidad del Gobierno. El consumo masivo, la afluencia de (casi) toda la escala social a playas y lugares de veraneo dan cuenta de un tono de época, que se viene repitiendo. El “modelo” se palpa en realizaciones, en demanda, en incorporación de bienes materiales y derechos. Como la realidad se empecina en ser dialéctica, en ese rosal del Gobierno hay algunas espinas. En tan hedónico contexto es difícil instalar la idea de “sintonía fina” o el concepto de una nueva etapa en la que se mantienen el rumbo y los objetivos aunque se anhela moderar la velocidad y controlar variables económicas.
La licencia de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner –que está por terminar– transcurrió con muy contados sobresaltos. La suplencia ejercida por el vicepresidente Amado Boudou acunó debates fragorosos que ignorarán los manuales de historia de las décadas por venir, sean dorreguistas o academicistas. El “falso positivo” o los aposentos que ocupó el vice durante su interinato recalentaron la imaginación mediática. No trascenderán el verano, como tantos romances, más apasionantes.
Cristina Kirchner, única titular del Ejecutivo según la Constitución, está en actividad. Los indignados crónicos se sulfuran ante tamaña obviedad: es lo suyo. La mandataria mantiene comunicación radial con los funcionarios de más alto rango, por vía telefónica de ordinario. En “Amado” reposa en buena medida el rol de intermediario con ministros o secretarios, observan los comentaristas de Palacio. Boudou es quien más asiduamente recala en Olivos, sin alharaca.
El panorama de comienzos de año es, en promedio, satisfactorio para las expectativas del Gobierno. Desde luego, hay problemas incluyendo aquellos de los que deberá hacerse cargo sin haberlos generado. El más vasto: la crisis económica de los países centrales, que Europa viene pateando para adelante vaya saberse hasta cuándo o hasta dónde. El más cercano es la sequía, cuyos alcances (como los de la debacle del capitalismo especulativo) son indeterminados y difíciles de profetizar... pero jamás serán menores. ¿Se viene un revival del 2008 y 2009, años tremendos para el kirchnerismo, que luego resucitó de sus cenizas? En el primer nivel del oficialismo, aunque con un grado de prudencia “no tan K”, se supone que no.
En el terreno interno, las tratativas con las entidades agropecuarias son menos agonales y más sensatas. El Gobierno habilita “mesas” de diálogo, interactúa con los gobernadores y con las patronales agropecuarias. Estas, sin referencia política alguna y escarmentadas de sus devaneos políticos, practican un tino de-sacostumbrado.
En el plano global, las proyecciones que proveen Economía, Industria y el Banco Central pintan un escenario menos afligente que el de 2009.
Aun con la Unión Europea (UE) en recesión y Estados Unidos con un crecimiento módico, la hipótesis oficial es que el crecimiento del PBI se sostendrá, con una merma respecto de las tasas chinas. Y se preservará al consumo interno como dinamizador de la economía. La coyuntura arranca bien: en enero, el real se revaluó en Brasil, lo que es una buena noticia. El Banco Central ganó la feroz pulseada de diciembre y, según sus ponderaciones, terminará comprando cerca de mil millones de dólares durante este mes, lo que sumado al bruto acopio hecho en diciembre refuerza las reservas, un bastión de autonomía económica.
Con tales coordenadas, la idea fuerza del Gobierno es reacomodar las variables económicas sin renunciar al “modelo”, ni al “rumbo”. Con mayor gradualismo, una novedad que es más sencillo enunciar que poner en práctica. La denuncia de sobreprecios del gasoil, telecomandada desde Olivos por Cristina, es una señal en ese sentido. El objetivo es moderar un gasto superfluo y abusivo, no para “ajustar” sino, precisamente, para reducir el nivel de los subsidios. La poda para usuarios domiciliarios de servicios públicos marcha tranqui, lejos de las profecías apocalípticas y también marcando diferencias con la praxis de los últimos años.
Las convenciones colectivas, una poliarquía en acción, son un desafío mayor para la táctica del Gobierno.
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Palabras y cifras: En la Casa Rosada y zonas de influencia no se mencionará el mandato “hay que bajar la nominatividad” (acuñado por el economista Miguel Bein). Ni se aludirá en público al 18 por ciento (u otro guarismo) como tope para las negociaciones salariales. Pero la cifra se menea en paliques reservados con gremialistas y la Presidenta tiene el propósito de inducir una merma en remarcaciones de todo tipo, anche en las paritarias.
Cristina sí expresó en más de un discurso que, en una etapa de progreso de la clase trabajadora, es razonable (re)adecuar los reclamos a las circunstancias. Eso quieren subrayar Boudou y el ministro del Interior, Florencio Randazzo, cuando piden “racionalidad” en las paritarias. “Racionalidad” es, traducido a garbanzos, no repetir los acuerdos (mayoritariamente) alcistas de 2011. Convenios colectivos hay centenares, tantos como realidades sectoriales. Según estudios oficiales, que Cristina Kirchner reclamó y viene leyendo, la media salarial de los trabajadores formales subió el año pasado más que la inflación. “Medida como uno quiera, hasta con el índice de la Piba.” El así apodado es el índice de precios al consumidor que remixa los cálculos de consultoras privadas, la única tarea recordable del “Grupo A” en el Congreso. Un Frankenstein de escasa seriedad, una suerte de castigo bíblico para el desquicio que hizo el gobierno en el Indec. Los dirigentes sindicales prefieren el “índice del changuito”, e